sábado 25 de octubre de 2008


Cuando me fuí

Se rayaba el crepúsculo sobre las líneas plateadas de la montura de tus gafas, y, sobre la mesa descalzada, el tambaleo de las tazas agitaba levemente nuestro último café de enero, y mi corazón.

Cerca de donde estábamos, en la cafetería del aeropuerto, junto a la inmensa cristalera que daba al exterior, bullía el ajetreo incesante de gente que iba y venía de cualquier parte. Yo, en medio de aquella algarada, alentando vanamente a la alegría, elegí creer que, si me habías citado en aquel lugar y a aquella hora, algo sublime y nuevo tendrías que decirme, aunque debo confesar, por no mentir a la inteligencia, que reservaba en mi bolso de reyes un montón de referentes obvios para que, - de vez en cuando, al sacar la barra de labios para retocarme-, me advirtieran de otros legendarios encuentros contigo que se anunciaron majestuosos y que, para mi desencanto, languidecieron en la inanidad.

Recuerdo que te notaba nervioso, especialmente molesto con aquella angustia que te hacía jadear y a la que, tu extraordinaria capacidad para ejercer el disimulo, no lograba encontrarle reposo. Andabas preso de ti mismo, como siempre, sin dejar que fluyera, al menos, tu excelente oratoria de otras ocasiones en las que, por cierto, tampoco trascendimos los límites del almagre de esas encrucijadas que nos atan a la fatalidad de tus pavores.

Me parece verte todavía, apurado, cada vez que intentabas hablarme, tratando de inventar palabras asépticas y precisas que excluyeran de su contenido cualquier ambigüedad susceptible de ser interpretada por mí como algún indicio que pudiera comprometerte. Además, aquella tarde, los astros, sin duda alguna, se confabularon contra ti, porque, para ponértelo más difícil, en cuanto iniciabas el discurso, te interrumpía el sonido del teléfono móvil que guardabas en el bolsillo de la cazadora de piel de ante, marrón, como tus pensamientos, y, momentáneamente, quedaba zanjada tu soflama, para acrecentarte el desconcierto, y para horadar mi esperanza candorosa de comienzo de año, y, ni te diste cuenta de que, por cada llamada que atendías con premura, se me atragantaba, sin poder evitarlo, un absurdo sollozo. Hablabas por teléfono con tus pupilas claras fijas en las mías, y todavía me descorazona la sensación de que no me pensaras mirándome. Yo, aguantada y cumplida, sonreía, de esa agradecida manera que la vida me ha ido enseñando ante las circunstancias enojosas, y que a ti tanta turbación y sobresalto suelen producirte, como otras expresiones mías que nunca llegarías a entender.

Ahora que lo pienso, hasta estabas un poco despeinado aquel atardecer, algo impropio de ti, aunque, eso sí, olías, como siempre, a distinguida pulcritud. Tu atuendo informal rejuvenecía esa sonrisa de hombre honorable que usas para restaurarte el semblante y que tanto me disgusta, y como la impaciencia empezaba a acalorarme, me quité la pañoleta celeste, dejándola, aposta, sobre tu maletín de asuntos magnos, que descansaba en la silla de al lado, como para robarle importancia, para que vieras que me traían sin cuidado los temas de tan excelsa trascendencia que portaba, para tratar de fastidiarte, en definitiva.

Y a pesar de asistirme tantas evidencias, todavía me pregunto cómo es posible que mantuviera, ese funesto anochecer, toda mi ilusión vertida en aquella mesa del aeropuerto, chorreando, escurriéndose por las escaleras automáticas, anegando los pasillos, desparramándose por debajo de las puertas, mojando las pistas de despegue y aterrizaje de los aviones, ante el asombro de todos los que se encontraban, por algún misterioso designio, en aquel lugar, compartiendo, sin saberlo, nuestro anunciado desencuentro, aunque no por ello menos doliente, porque, días antes, tal y como me contaste, abrumado, te habían traicionado demasiados sentimientos al mismo tiempo: el insulto a los deseos postergados y el tedio de las formalidades, el anodino tálamo en el que agonizan tus emociones y la necesidad irrefutable de sentirte vivo, esas decisiones que aplazas por el mismo temor que todos padecemos y, sobre todo, -dijiste-, la contienda antigua que mantienes contigo por ese amor que sientes por mi. Reconozco que llegaste a sorprenderme cuando te acercaste de nuevo, pronunciándote con una decisión que parecía incólume, determinante.

Después, tan sólo unos días más tarde, tanta alharaca, una vez más, quedó en nada, porque, desde que pude verte, te intuí diferente, firme, como sólo sabes serlo para desdecirte, iniciando, en nombre de la sensatez, una más de tus rotundas retiradas, con esa templada declaración de razones con la que resuelves casi todo lo tuyo, aparentando esa compostura en la que te vas consumiendo, insulso y amilanado.

Podría haber sido una más de tus huidas y, sin embargo, mira tú por donde, conseguiste que fuera la última, porque, allí sentada, enfrente de ti, llegué a sentirme concluida, como uno más de los temas que despachaste por teléfono aquel anochecer en el que quiso hacerse un hueco la claridad dentro de mí, para disiparte de mis errados amores con un golpe de arrojo oportuno y redimidor.

Y menos mal que supe irme, lo antes posible, sin un rezongo, sin saber qué querías al fin decirme, y sin concederte ni una tregua más del tiempo de mi vida, y para otorgarle, además, aunque fuera por una sola vez, una pizca de ufanía a mi magullada dignidad.

Recogí apresuradamente mi pañoleta y mi bolso, y me fui, y hasta te hice correr para alcanzarme. Tendrías que haberte visto como te recuerdo ahora, atolondrado e incrédulo, con tu ilustre maleta en una mano y la otra en mi brazo, desesperada, tratando de sujetarme para que no me fuera.

Pero me fui.

Y te dejé allá, afuera, al otro lado de la ventanilla del taxi, con tu maletín de egregios deberes tendido en la acera, junto a mi antiguo dolor, y las manos en el cristal, sollozando mi adiós y tus indecisiones, lamentando mi resolución y tu poquedad.

Me fui, con la convicción de no volver a verte.

Me fui sí, y de verdad, que aunque parezca mentira, no he vuelto a recordarte hasta hoy.