sábado 25 de octubre de 2008



Entre golpes


Tardó en clarear el día en la sala aquella por la que anduvo arrastrándose sin tregua la noche, atosigándome hasta las orillas mismas del amanecer.

Alguien -cuyo rostro no consigo recordar-, salpicándome con un llanto encharcado, dejó sobre mis hombros un poco de abrigo que apenas logró poner distancia entre mi cuerpo y la humedad que rezumaban aquellas paredes, opacas, como el calvario que padecí a su lado.

... y mis geranios que estarían soportando ese frío que los volvía tan vulnerables...

Apretada en una esquina del banco de madera que recorría de lado a lado aquel tétrico lugar, sobrellevé cómo pude el vaho cómplice de cuántos se acercaron a arrojarse sin pudor sobre mi cuello resentido de antiguos y certeros golpes, llegando a despeinarme con los énfasis de sus abrazos de plañidera de última categoría. Mientras, bajo los apresurados pasos de quienes corrían a condolerse conmigo - en un gesto inconveniente y tardío-, las losetas del suelo de aquella sala, magulladas por el trajín de pisadas sombrías, me recordaron otras baldosas, las del piso de mi casa, sobre las que murió mi dignidad, aplastada a golpes.

... y mis geranios, que con su llamativo colorido andarían escandalizando la seriedad del otoño que agonizaba ...

La cruz repujada que presidió aquel insólito escenario para representar al adiós en una única y pomposa función, garantizaba al amortajado –inerme al fin- la exculpación divina para su crueldad, a la vez que procuraba alivio y licencia eterna a los consentidores mudos que evitaron siempre tender una mano a mi abandono, a mi soledad terrible junto al malvado. Y por encima del humo turbio que desprendían las llamas de las velas me parecía ver su rostro de siniestra mirada, con una mueca de complacencia cruzándole aquella boca que no fue concebida para la sonrisa, ni para el amor.

... tendré que ir recortando los tallos de los geranios, para que no crezcan desgarbados ...

Temiendo encontrarse con él se escondió el sol detrás de un montón de nubes y el aire mañanero me echó un bostezo gélido a la cara, como para que no cerrara mis ojos ante su tumba, para que me convenciera de que, después de sellar su lápida, tal vez acabara mi sufrimiento. Ignoraba la brisa que nuca pueden borrarse las huellas que deja el terror porque volveré a sentir esta noche su fantasmal aliento en mi mejilla, y sus manos tenebrosas maltratando mi cuerpo, y su cadavérica presencia mortificando los pocos sueños que me quedan.

... y los geranios, mi exclusiva compañía, que aguardan pacientes mis regresos para regalarme su flor espontánea de diciembre ...