Entre las cañas
El patio de la casa de la abuela era largo, como el tiempo de su viudez, y a él daban las pocas habitaciones que mantenían abiertas, en un gesto de invitación constante, sus puertas macizas. Allí, desde que comenzaba la primavera y hasta que concluía el otoño, preparaba la abuela la merienda infantil de leche con gofio y dulce de guayaba, sobre el viejo mantel de hule. Y, mientras comían, palabra sobre palabra, con su natural y magnífica inventiva, les relataba pequeño sucesos cotidianos que hermoseaba hasta convertirlos en mágicas sonrisas en las caras de los niños. Y, después, desaparecía con sigilo.
La veían caminar un buen trecho sin más compañía que la soledad hacia un plantío de cañas de azúcar. Su figura remota se diluía entre los tallos altos en los que se enredaba alguna flor y, aunque los niños llegaron a seguirla en alguna ocasión, nunca se atrevieron a interrumpir aquel silencioso paseo, intuyendo que en él guardaba un secreto que alguna vez les desvelaría.
Y así fue, pero tuvieron que pasar algunos años para que revelara el misterio de sus paseos a deshora. Cuando sintió que podrían entenderla, les confesó que allí, entre las cañas, dejaba un “rezo” cada tarde, para el hombre que amó.
Les contó cómo, inesperadamente, una madrugada, en plena guerra civil, se difuminó su figura juvenil ladera arriba. Alguien había venido momentos antes a su casa para advertirle de que vendrían a buscarlo para detenerlo. El único delito que le reconocía era haber logrado que se sintiera amada, absolutamente; de lo demás nunca quiso entender porque ninguna razón justificó jamás su ausencia.
Le prometió que volvería pero se esfumó y, con él, también aquella promesa ingenua. Era cándido y soñador, y le enseñó a amar la libertad y el sentido de la dignidad. Las horas y los días que siguieron a su partida los recordaba como un auténtico martirio, al borde del desvarío, y perdió para siempre el espesor del sueño tranquilo. Vivió desde entonces con el oído puesto en la puerta trasera de la casa, por si volvía, y aunque nunca se cansó de esperarle, para su desgracia, no volvió. Se le quebró la garganta proclamando su desaparición, pero alguien le sugirió que, por el bien de sus hijos, guardara silencio. Tuvo miedo y calló. Aquella noche fatídica lo fue, también, para otras personas que, como él, desaparecieron; y el transcurrir del tiempo le acercó el rumor de que, al amanecer, habían caído sobre algunos cuerpos los últimos restos de tierra, allá, entre las cañas, en algún impreciso lugar.
Ella, mi abuela, que ya no está, dejaba un rezo entre las cañas. Yo, la niña que fui, de vez en cuando vuelvo, para dejar un rezo, también, por los dos, y para que, entre el dulce sabor de las cañas, queden eternamente grabados aquel gran amor, y la verdad.



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