¡Para los salvajes!
Cuelga el atrapasueños, atónito, del tensor que lo suspende del techo en el que se refleja su estructura etérea. El aire que no detienen las cortinas le empuja hacia un monótono balanceo que va.... y viene... , va... y viene... . Dos largas plumas que colean del mágico círculo rozan las pestañas de los ojos abiertos de cuyos contornos se escapan, en una truncada huida, las pupilas que deberían estar cubiertas por el sueño.
La infancia cruza el umbral que la separa del estupor y sostiene el cuerpo de la niña para que no desfallezca ante el miedo. La inquieta sombra de las plumas se estremece en su mirada, el corazón, con una reciente fuerza, le golpea sin descanso el pecho, y le perforan los oídos los pasos que se acercan, seguros, con un sonido cierto, y con ellos el preciso corte con que una navaja de espanto ha abierto una herida innombrable.
La noche, -que suspira de tristeza porque se siente responsable de esconder entre sus sombras la aberración del salvaje-, con su oscuridad magnífica, ayuda a encender el imaginario cielo que su madre le ha ido componiendo, allá arriba en el techo, para que brillen a gusto las estrellas de papel y haga pompas de jabón la luna de cartón dorado; su madre que, sin saberlo, ignorando sus funestas certezas, ha ido creando un firmamento particular para que le arranque una sonrisa al sufrimiento cuando la haga llorar, o quizá para dejarle una gota de consuelo con que acallar al dolor cuando se vuelva insoportable.
Probando a sosegarle el aliento, desde el pijama blanco, y cómo si consiguieran zafarse de la plumilla que alguna vez los dibujó, ciento y un dálmatas acarician la piel de la niña con la algarabía de sus juegos.
Sobre la mesa de estudio, la bailarina que ensaya su eterna danza con un pie enredado en una zapatilla de raso, la saluda con reverencias. Y, de la cubierta de su cuento preferido, saltan Blancanieves y Los Siete Enanitos que cruzan la habitación para hacerle reír mientras se cogen de la mano y rodean de breve alegría su cama. En el suelo, en una esquina, aplaude a rabiar, mientras la observa intensamente con sus inquisidores ojos, el zapo descomunal que le regalaron en su último cumpleaños, y dos osos de peluche se tronchan de risa desde el lugar más alto de una estantería.
En la pared de enfrente, reposan su silueta las ramas del sauce del jardín que quisiera entrar para cubrirle de hojas la cama y apaciguar ese miedo que la inmoviliza. Los astros prendidos del techo pasean sus reflejos por el pelo que se abraza a la almohada, y sobre su estómago, fuertemente cruzadas, las manos, inocentes y pequeñas, como ella, dudan entre la imposible decisión de aferrarse a su mochila y huir para siempre,... o quedarse, también para siempre.
...¡Ojalá no venga!, ...¡ojalá no venga!, .... – suplica sin voz,... y nadie responde a sus ruegos -, ¡ojalá que se duerma!..... – y recuerda que “cuando viene” y le pide que “sea buena” y que comparta ese “gran secreto” con él, al día siguiente, las náuseas le impiden jugar con sus amigas, estudiar, incluso comer, y todos le reprochan su comportamiento, y no puede contar nada a nadie porque se desvelaría “el secreto” y, sobre todo, porque “él” se enfadaría,.... y ella no soporta esos enfados suyos que la privan de su cariño-.
Hace tiempo que la noche cruzó el puente de la madrugada y, una vez más, se aproxima el horror de sus pasos sigilosos pero contundentes, y esos susurros desde la puerta, siempre los mismos.... “buenas noches mi niña, vengo a darte el último beso antes de que te duermas ...”, ... “¿me oyes ó estás dormida ya?, ..... no, yo creo que te estás haciendo la dormida para no darme el beso de despedida, .... ¿no es así?....”. Y, tras cerrarse la puerta, la fiesta infantil acaba; todo se aquieta en la habitación cuando las sibilinas manos del salvaje se pierden, en medio de un asqueroso jadeo, por el trémulo cuerpo de su hija.
La niña, escondida tras un silencio de muerte, se ausenta de la vida mientras observa cómo se borra la sonrisa perenne de la cara del payaso que suele dormir a su lado para vigilar sus sueños.
Y arriba, el atrapasueños, desde su frágil y elaborado círculo la mira sin decir nada, sólo va y viene.... , va y viene...., y con él, se va también su mirada..... y viene.
Cuelga el atrapasueños, atónito, del tensor que lo suspende del techo en el que se refleja su estructura etérea. El aire que no detienen las cortinas le empuja hacia un monótono balanceo que va.... y viene... , va... y viene... . Dos largas plumas que colean del mágico círculo rozan las pestañas de los ojos abiertos de cuyos contornos se escapan, en una truncada huida, las pupilas que deberían estar cubiertas por el sueño.
La infancia cruza el umbral que la separa del estupor y sostiene el cuerpo de la niña para que no desfallezca ante el miedo. La inquieta sombra de las plumas se estremece en su mirada, el corazón, con una reciente fuerza, le golpea sin descanso el pecho, y le perforan los oídos los pasos que se acercan, seguros, con un sonido cierto, y con ellos el preciso corte con que una navaja de espanto ha abierto una herida innombrable.
La noche, -que suspira de tristeza porque se siente responsable de esconder entre sus sombras la aberración del salvaje-, con su oscuridad magnífica, ayuda a encender el imaginario cielo que su madre le ha ido componiendo, allá arriba en el techo, para que brillen a gusto las estrellas de papel y haga pompas de jabón la luna de cartón dorado; su madre que, sin saberlo, ignorando sus funestas certezas, ha ido creando un firmamento particular para que le arranque una sonrisa al sufrimiento cuando la haga llorar, o quizá para dejarle una gota de consuelo con que acallar al dolor cuando se vuelva insoportable.
Probando a sosegarle el aliento, desde el pijama blanco, y cómo si consiguieran zafarse de la plumilla que alguna vez los dibujó, ciento y un dálmatas acarician la piel de la niña con la algarabía de sus juegos.
Sobre la mesa de estudio, la bailarina que ensaya su eterna danza con un pie enredado en una zapatilla de raso, la saluda con reverencias. Y, de la cubierta de su cuento preferido, saltan Blancanieves y Los Siete Enanitos que cruzan la habitación para hacerle reír mientras se cogen de la mano y rodean de breve alegría su cama. En el suelo, en una esquina, aplaude a rabiar, mientras la observa intensamente con sus inquisidores ojos, el zapo descomunal que le regalaron en su último cumpleaños, y dos osos de peluche se tronchan de risa desde el lugar más alto de una estantería.
En la pared de enfrente, reposan su silueta las ramas del sauce del jardín que quisiera entrar para cubrirle de hojas la cama y apaciguar ese miedo que la inmoviliza. Los astros prendidos del techo pasean sus reflejos por el pelo que se abraza a la almohada, y sobre su estómago, fuertemente cruzadas, las manos, inocentes y pequeñas, como ella, dudan entre la imposible decisión de aferrarse a su mochila y huir para siempre,... o quedarse, también para siempre.
...¡Ojalá no venga!, ...¡ojalá no venga!, .... – suplica sin voz,... y nadie responde a sus ruegos -, ¡ojalá que se duerma!..... – y recuerda que “cuando viene” y le pide que “sea buena” y que comparta ese “gran secreto” con él, al día siguiente, las náuseas le impiden jugar con sus amigas, estudiar, incluso comer, y todos le reprochan su comportamiento, y no puede contar nada a nadie porque se desvelaría “el secreto” y, sobre todo, porque “él” se enfadaría,.... y ella no soporta esos enfados suyos que la privan de su cariño-.
Hace tiempo que la noche cruzó el puente de la madrugada y, una vez más, se aproxima el horror de sus pasos sigilosos pero contundentes, y esos susurros desde la puerta, siempre los mismos.... “buenas noches mi niña, vengo a darte el último beso antes de que te duermas ...”, ... “¿me oyes ó estás dormida ya?, ..... no, yo creo que te estás haciendo la dormida para no darme el beso de despedida, .... ¿no es así?....”. Y, tras cerrarse la puerta, la fiesta infantil acaba; todo se aquieta en la habitación cuando las sibilinas manos del salvaje se pierden, en medio de un asqueroso jadeo, por el trémulo cuerpo de su hija.
La niña, escondida tras un silencio de muerte, se ausenta de la vida mientras observa cómo se borra la sonrisa perenne de la cara del payaso que suele dormir a su lado para vigilar sus sueños.
Y arriba, el atrapasueños, desde su frágil y elaborado círculo la mira sin decir nada, sólo va y viene.... , va y viene...., y con él, se va también su mirada..... y viene.



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