Por el camino
Le parecía una pesadilla aquel horizonte de asfalto, como si fuera a derretirse en cualquier momento y a engullir entre sus brechas candentes cuanto se atreviese a cruzarlo. El calor, a aquella hora, arrastraba su cola de fuego impune, sudando gotas de enojo sobre su piel.
Le parecía una pesadilla aquel horizonte de asfalto, como si fuera a derretirse en cualquier momento y a engullir entre sus brechas candentes cuanto se atreviese a cruzarlo. El calor, a aquella hora, arrastraba su cola de fuego impune, sudando gotas de enojo sobre su piel.
A través de los cristales se ondulaba el paisaje, que corría loco por las orillas de la carretera, y ella, agobiada por el asedio del sofoco, se sentía incapaz de evitar al pensamiento que la arrastraba hacia el torbellino de los recuerdos.
Él, inmerso en un silencio atávico, no giraba ni una sola vez la cabeza mientras conducía con los ojos fijos en un impreciso punto del pavimento. Notaba que de vez en cuando lo miraba de reojo, sin saber que, tras sus huidizas pupilas ocultaba el reproche hacia aquella severidad extrema que mantuviera durante el tiempo que duraba su convivencia, y la extraña habilidad con que lograba que se ahogara su corazón en un océano de desconciertos. La verdad es que nunca le perteneció el arte de la palabra que, si acaso, surgió atropellada entre los incoherentes efluvios de unas copas de más después de alguna celebración. Y, salvo aquellos apasionados encuentros de los comienzos de su vida en pareja, tampoco se desvivió por inventar caricias con que retener al amor, que fue escurriéndose por las rendijas del tiempo. Y, para ser justa, debía de reconocer que poco hizo ella para apartar de sus vidas a la desidia y al tedio.
Llevaba demasiado tiempo pensando en cómo había podido sobrevivir asomada a ese balcón de su vida desde el que sólo se divisaba la calle del silencio, y del que se fueron colgando preguntas que clamaban respuestas. Llegó a confiar en que, tal vez, al dejarle caer en medio del postre su intención de poner unos días de distancia en su relación, algún estremecimiento alterase su impertérrito semblante, que algún resquicio de inquietud delatara su parecer, o que, al menos, algo de simulada sorpresa sustituyera en su rostro a esa expresión de perenne quietud, pero, una vez más, tuvo que recriminar a la esperanza, por ilusoria.
La invadió una congoja extraña cuando comenzó a adivinarse el final del trayecto: ... “al fin y al cabo no es mala persona..., y después de todo no recuerdo graves culpas de las que responsabilizarlo..., quizá me he apresurado y debería volver con él, a nuestra casa, cómo hasta ahora, y aceptar esta vida que no es otra que la que elegí...., pensaba, ...”pero, ¿y esta tristeza?, ¿qué hago con esta tristeza?...
Sintió que sus manos apretaron un instante las suyas cuando, sobre la acera, se dieron el beso fugaz del adiós; y corrió hacia la puerta que la esperaba, temiendo que la pena, tramposa, la retuviera para siempre.
Él, incapaz de desandar el camino de vuelta, sin ella, aceleró cuanto pudo en el punto preciso y definitivo.
Él, inmerso en un silencio atávico, no giraba ni una sola vez la cabeza mientras conducía con los ojos fijos en un impreciso punto del pavimento. Notaba que de vez en cuando lo miraba de reojo, sin saber que, tras sus huidizas pupilas ocultaba el reproche hacia aquella severidad extrema que mantuviera durante el tiempo que duraba su convivencia, y la extraña habilidad con que lograba que se ahogara su corazón en un océano de desconciertos. La verdad es que nunca le perteneció el arte de la palabra que, si acaso, surgió atropellada entre los incoherentes efluvios de unas copas de más después de alguna celebración. Y, salvo aquellos apasionados encuentros de los comienzos de su vida en pareja, tampoco se desvivió por inventar caricias con que retener al amor, que fue escurriéndose por las rendijas del tiempo. Y, para ser justa, debía de reconocer que poco hizo ella para apartar de sus vidas a la desidia y al tedio.
Llevaba demasiado tiempo pensando en cómo había podido sobrevivir asomada a ese balcón de su vida desde el que sólo se divisaba la calle del silencio, y del que se fueron colgando preguntas que clamaban respuestas. Llegó a confiar en que, tal vez, al dejarle caer en medio del postre su intención de poner unos días de distancia en su relación, algún estremecimiento alterase su impertérrito semblante, que algún resquicio de inquietud delatara su parecer, o que, al menos, algo de simulada sorpresa sustituyera en su rostro a esa expresión de perenne quietud, pero, una vez más, tuvo que recriminar a la esperanza, por ilusoria.
La invadió una congoja extraña cuando comenzó a adivinarse el final del trayecto: ... “al fin y al cabo no es mala persona..., y después de todo no recuerdo graves culpas de las que responsabilizarlo..., quizá me he apresurado y debería volver con él, a nuestra casa, cómo hasta ahora, y aceptar esta vida que no es otra que la que elegí...., pensaba, ...”pero, ¿y esta tristeza?, ¿qué hago con esta tristeza?...
Sintió que sus manos apretaron un instante las suyas cuando, sobre la acera, se dieron el beso fugaz del adiós; y corrió hacia la puerta que la esperaba, temiendo que la pena, tramposa, la retuviera para siempre.
Él, incapaz de desandar el camino de vuelta, sin ella, aceleró cuanto pudo en el punto preciso y definitivo.



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