Sobre la acera
Como de vidrio, o quizá de acero y, tal vez, inútiles, pero ciertas y mudas, corrían rostro abajo aquellas lágrimas que arrastraban en su cauce un dolor que se volvió pena en mis sentidos cuando quiso la casualidad que anduviera cerca de ella, en los comienzos de una mañana que con aparente indolencia simulaba dejarse pintar los perfiles con tinta de cotidiana rutina.
Sobre la acera por la que se accede a varios edificios la vi, sentada sobre el escalón de la tienda de electrodomésticos. Con el cuerpo echado sobre sus rodillas juntas se pasaba una mano repetidamente por el rostro tratando de secarse un obstinado llanto que le mojaba la cara y, sin duda alguna, el alma.
Vestía un chandal de impreciso gris, como el día mismo, y en el pelo, que le rozaba los hombros, resaltaba la severidad de unas canas insistentes. Unas descoloridas lonas encharcaban de amanecer helado sus pies y una abultada bolsa de plástico guardaría sábe Dios qué.
Arrinconaba su cuerpecito en una esquina del cristal de la única puerta del establecimiento, que se entornaba a ratos para resistirse al viento y al frío de desgarro que marcaba su paso por la calle del alba, por las azoteas recién levantadas, sobre los coches empañados de relente tardío, sobre quiénes nos atrevíamos a ir o a venir y, por encima de todo, sobre ella y su solitario desconsuelo.
Esta impertinencia mía de observarlo todo, me obligó a no ignorarla, y, sobre todo, la certeza de aquel desconocido sufrimiento que se le escapaba incasable, a borbotones, anónimo y casi impúdico. Resultaba imposible no verla, a ella y su llanto incontenible y, aún así, hice lo mismo que los demás: .......mirar hacia otro lado.
El tiempo fue transcurriendo, no sé cuanto, porque éste no puede contarse a días cuando se acercan los recuerdos convertidos en una imagen única que lo llena todo por sorpresa, pero creo que pasaron algunos meses desde la primera vez que vi a esa mujer hasta la última, sobre la acera todavía, por un inescrutable capricho del destino.
Y fue una mañana también, cuando, inesperadamente, me envolvió la fuerza del remolino que formaba la gente en la acera en la que, un cuerpo tendido, agonizaba. A su lado una bolsa de plástico, unas lonas manchurreadas, y una mata de pelo que yacía inerte, como ella y, sobre su ancestral rostro de llanto, se había recostado el macilento color con que se viste la esperanza, cuando se ausenta para siempre.
Yo la vi, una mañana; continué viéndola otras mañanas y, por última vez, volví a verla ....... y, aunque quise detenerme seguí mi camino, como tantas mañanas, como los demás, aparentemente impasible y casi altiva, escondiendo, avergonzada, cuanto pude la zozobra que trataba de paralizar mis sentidos.
No supe nada de ella. Ni lo sabré.
Ni hice nada por ella. Absolutamente nada.
Pobre de mí.
Como de vidrio, o quizá de acero y, tal vez, inútiles, pero ciertas y mudas, corrían rostro abajo aquellas lágrimas que arrastraban en su cauce un dolor que se volvió pena en mis sentidos cuando quiso la casualidad que anduviera cerca de ella, en los comienzos de una mañana que con aparente indolencia simulaba dejarse pintar los perfiles con tinta de cotidiana rutina.
Sobre la acera por la que se accede a varios edificios la vi, sentada sobre el escalón de la tienda de electrodomésticos. Con el cuerpo echado sobre sus rodillas juntas se pasaba una mano repetidamente por el rostro tratando de secarse un obstinado llanto que le mojaba la cara y, sin duda alguna, el alma.
Vestía un chandal de impreciso gris, como el día mismo, y en el pelo, que le rozaba los hombros, resaltaba la severidad de unas canas insistentes. Unas descoloridas lonas encharcaban de amanecer helado sus pies y una abultada bolsa de plástico guardaría sábe Dios qué.
Arrinconaba su cuerpecito en una esquina del cristal de la única puerta del establecimiento, que se entornaba a ratos para resistirse al viento y al frío de desgarro que marcaba su paso por la calle del alba, por las azoteas recién levantadas, sobre los coches empañados de relente tardío, sobre quiénes nos atrevíamos a ir o a venir y, por encima de todo, sobre ella y su solitario desconsuelo.
Esta impertinencia mía de observarlo todo, me obligó a no ignorarla, y, sobre todo, la certeza de aquel desconocido sufrimiento que se le escapaba incasable, a borbotones, anónimo y casi impúdico. Resultaba imposible no verla, a ella y su llanto incontenible y, aún así, hice lo mismo que los demás: .......mirar hacia otro lado.
El tiempo fue transcurriendo, no sé cuanto, porque éste no puede contarse a días cuando se acercan los recuerdos convertidos en una imagen única que lo llena todo por sorpresa, pero creo que pasaron algunos meses desde la primera vez que vi a esa mujer hasta la última, sobre la acera todavía, por un inescrutable capricho del destino.
Y fue una mañana también, cuando, inesperadamente, me envolvió la fuerza del remolino que formaba la gente en la acera en la que, un cuerpo tendido, agonizaba. A su lado una bolsa de plástico, unas lonas manchurreadas, y una mata de pelo que yacía inerte, como ella y, sobre su ancestral rostro de llanto, se había recostado el macilento color con que se viste la esperanza, cuando se ausenta para siempre.
Yo la vi, una mañana; continué viéndola otras mañanas y, por última vez, volví a verla ....... y, aunque quise detenerme seguí mi camino, como tantas mañanas, como los demás, aparentemente impasible y casi altiva, escondiendo, avergonzada, cuanto pude la zozobra que trataba de paralizar mis sentidos.
No supe nada de ella. Ni lo sabré.
Ni hice nada por ella. Absolutamente nada.
Pobre de mí.



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