jueves 18 de diciembre de 2008


Con la mano tendida

Los enigmas del azar decidieron aquel día alterarle la rutina de las conclusiones intrascendentes, la monotonía de las reflexiones vacuas.

Sobre todo la distrajeron de aquellas recientes angustias del atardecer que solían apabullarla dejándola transida y abandonada a la suerte de los brazos del sillón de las divagaciones estériles.

Su familia, preocupada por los escollos de su ánimo, había optado por respetar aquellas ausencias, cada vez más prolongadas, que se le recostaban en las pupilas, con la silenciada esperanza de no perderla para siempre, en el intento de aguardar pacientemente el retorno de la mujer que extravió el alma, en algún desconocido lugar del camino de su apacible y cómoda existencia.

Faltaban escasos días para la fiesta de Reyes y su figura elegante y rotunda parecía arrastrarse, una y otra vez, por las aceras desbordadas de escaparates, y de gente que apuraba el paso, en la carrera última hacia el regalo final. Realizaba compras con desgana, prestándole escasa atención a lo que iba adquiriendo, sin tomar demasiado en cuenta los gustos del destinatario del obsequio, abstraída en sus pálpitos, presurosa por alejarse cuanto antes de aquel tumulto que le acrecentaba aquella sensación inexplicable de soledad y abatimiento.

Cuando pasó a su lado, él, inocente, le tendió la mano infantil, pero ella, desconcertada y sorprendida, se desentendió de su frágil presencia. Anduvo unos pasos y el empuje de la inercia hizo que se detuviera unos segundos delante del escaparate de una tienda de juguetes, cuyos cristales le devolvían, resplandeciente de luces multicolores, la imagen de su rostro bello aunque amargo, la mirada tenue de sus ojos, que parecían soportar con gran esfuerzo el peso de los párpados.

De pronto, muy cerca, volvió a abrirse la mano menuda y solitaria del niño. Pudo verlo, también, a través del cristal del escaparate, a su lado, con la manita abierta hacia ella en la que se notaba un resabiado gesto de súplica, y con la cabeza vuelta hacia el escaparate, con su nariz de niño trasegado de la calle resoplando sobre la espléndida luna, cubriendo con su vaho de escarcha los deseados juguetes de sus sueños imposibles.

Y no pudo, esta vez, sustraerse a la cercanía de su piel de olvido y limosna. Le cogió la mano, lo acercó hacia ella y se inclinó sobre su rostro, dejándole un beso leve en la frente. El niño mostró en su cara la sorpresa de aquella insólita caricia. Y se sorprendieron los dos cuando fueron pasando algunos minutos y continuaban aún cogidos de la mano, bajo el atardecer navideño de prisas y de frío.

Y transcurrió un rato largo en el que ambos se quedaron delante del escaparate de la tienda de juguetes, mirándose el uno al otro, la mujer al niño, el niño a la mujer. Reconociéndose, tal vez, el uno en el otro, los tormentos de ella en la soledad de él, los desconsuelos de él en los vacíos de ella.

Después, de la mano todavía, se fueron calle abajo, unidos en el imperioso y súbito apremio de sentir la cercanía cálida de su piel y de sus corazones, como si fueran ambos dos trasnochados personajes de un cuento apresurado de Navidad.





2 comentarios:

VICTORIA dijo...

que título tan lindo para tu blog, Vicky. "por el amor, siempre" que parece ser una razón para todo, para hacer y deshacer.
Gracias por tus dulces palabras y hacerme saber tu cariño por mi Argentina :)
te estaré visitando seguido.
un abrazo desde acá, tocaya :)

Vicky Osuna dijo...

victoria, que sigo leyéndote. Y me encanta lo que escribes. No dejes de hacerlo. Un abrazo desde aquí para allá.