De aquella manera
Contempla, absorto, el alisado paisaje de ahora mientras evoca aquel otro, oscilante, en el que se le ondulaban los días de un tiempo quieto y huérfano de acontecimientos, cuando, incapaz de encauzar hacia lugar alguno su suerte, guiaba autobuses que deshacían trayectos en un monótono ir y venir de horas contadas a minutos. Sólo a orillas de su sonrisa, por cuanto duró, se reconoce inesperadamente feliz. Y, aunque le arrebatara (demasiado pronto y sin contemplaciones) la alegría cotidiana de verla, sigue agradeciéndole al misterio de las casualidades que la hubiese apostado, como un regalo insólito, en aquella estación del recorrido de su existencia insulsa que, desde entonces, cambió para siempre.
El recuerdo acostumbra a devolverle su imagen contenida en el espejo retrovisor, como una foto enmarcada en cristal, y aquella manera suya de mover las manos con las que, inútilmente, trataba de aquietarse el pelo, cuando el aire, intrépido, se colaba por las rendijas del viejo autobús en el que la llevaba de una parada a otra, de un destino a otro, tan distinta y distante del suyo.
En algunas ocasiones, brevemente, llegaron a encontrarse sus miradas, pero el rubor le indujo a esquivarlas, porque prefirió pensar que eran fruto de un despiste del azar. Él parecía sonreír complacido detrás de su volante de conductor disciplinado, aunque, en realidad, se ahogaba en medio de la marejada que, desde rincones ignorados del alma, emergía con aquella inusitada fuerza que le envolvía entero en un temblor convulso.
De verdad que la amó. Desde la primera vez que pudo verla. Y para siempre. Porque así lo sintió, y porque así continúa sintiéndolo, de la manera aquella, con la misma intensidad, como la única y definitiva emoción que pudiera llegar a vivir, desde que la adolescencia trepara, febril, por su cuerpo, hasta ahora, que la ancianidad incipiente a la que se va alongando se atreve a reprocharle su falta de arrojo y esa aceptación sumisa del amargo deseo en el que dejó que se le diluyera la vida, desde la última vez que le perteneció la certeza de saberla próxima.
Porque fue de repente: una mañana ya no estaba en la parada de costumbre, y no volvió a estarlo nunca. Y él, aturdido y triste, tomó, tal vez, la decisión más osada de su vida: a partir de entonces no se detuvo jamás en esa parada. Fue como un grito sin palabras con el que pretendió reclamarle alguna explicación por aquella ausencia cruel. Como si pudiera verle pasar de largo, desentendiéndose de otros que esperaban, como lo hizo ella, hasta que desapareció.
Después abandonó su vida en medio de la rutina de viajes absurdos hacia ninguna parte, entre las líneas que orientaban aquel asfalto que cubrió de inventadas esperanzas, aquella carretera en la que, ni un sólo día, dejó de venerar aquel secreto amor al que se negó a renunciar.
Se cruzó de brazos ante el paso del tiempo, permitiéndole que se llevara todo, todo, menos el recuerdo de la manera aquella de aquietarse el pelo con las manos, y su distraída mirada cuando se cruzaba con la suya, obligada tal vez por el extraño manejo del enigma de las coincidencias, que se la dejó en la parada aquella, tanto tiempo atrás, y para siempre.
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Contempla, absorto, el alisado paisaje de ahora mientras evoca aquel otro, oscilante, en el que se le ondulaban los días de un tiempo quieto y huérfano de acontecimientos, cuando, incapaz de encauzar hacia lugar alguno su suerte, guiaba autobuses que deshacían trayectos en un monótono ir y venir de horas contadas a minutos. Sólo a orillas de su sonrisa, por cuanto duró, se reconoce inesperadamente feliz. Y, aunque le arrebatara (demasiado pronto y sin contemplaciones) la alegría cotidiana de verla, sigue agradeciéndole al misterio de las casualidades que la hubiese apostado, como un regalo insólito, en aquella estación del recorrido de su existencia insulsa que, desde entonces, cambió para siempre.
El recuerdo acostumbra a devolverle su imagen contenida en el espejo retrovisor, como una foto enmarcada en cristal, y aquella manera suya de mover las manos con las que, inútilmente, trataba de aquietarse el pelo, cuando el aire, intrépido, se colaba por las rendijas del viejo autobús en el que la llevaba de una parada a otra, de un destino a otro, tan distinta y distante del suyo.
En algunas ocasiones, brevemente, llegaron a encontrarse sus miradas, pero el rubor le indujo a esquivarlas, porque prefirió pensar que eran fruto de un despiste del azar. Él parecía sonreír complacido detrás de su volante de conductor disciplinado, aunque, en realidad, se ahogaba en medio de la marejada que, desde rincones ignorados del alma, emergía con aquella inusitada fuerza que le envolvía entero en un temblor convulso.
De verdad que la amó. Desde la primera vez que pudo verla. Y para siempre. Porque así lo sintió, y porque así continúa sintiéndolo, de la manera aquella, con la misma intensidad, como la única y definitiva emoción que pudiera llegar a vivir, desde que la adolescencia trepara, febril, por su cuerpo, hasta ahora, que la ancianidad incipiente a la que se va alongando se atreve a reprocharle su falta de arrojo y esa aceptación sumisa del amargo deseo en el que dejó que se le diluyera la vida, desde la última vez que le perteneció la certeza de saberla próxima.
Porque fue de repente: una mañana ya no estaba en la parada de costumbre, y no volvió a estarlo nunca. Y él, aturdido y triste, tomó, tal vez, la decisión más osada de su vida: a partir de entonces no se detuvo jamás en esa parada. Fue como un grito sin palabras con el que pretendió reclamarle alguna explicación por aquella ausencia cruel. Como si pudiera verle pasar de largo, desentendiéndose de otros que esperaban, como lo hizo ella, hasta que desapareció.
Después abandonó su vida en medio de la rutina de viajes absurdos hacia ninguna parte, entre las líneas que orientaban aquel asfalto que cubrió de inventadas esperanzas, aquella carretera en la que, ni un sólo día, dejó de venerar aquel secreto amor al que se negó a renunciar.
Se cruzó de brazos ante el paso del tiempo, permitiéndole que se llevara todo, todo, menos el recuerdo de la manera aquella de aquietarse el pelo con las manos, y su distraída mirada cuando se cruzaba con la suya, obligada tal vez por el extraño manejo del enigma de las coincidencias, que se la dejó en la parada aquella, tanto tiempo atrás, y para siempre.
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