Entre desvelos
Sentada sobre la silla de hierro descamado, apoya una mano en el muro mientras que con la otra acaricia, distraídamente, la hoja de alguna de las plantas innumerables que sobreviven apretujadas en el pequeño balcón, que cuelga, atónito, de la planta doce de uno más de los edificios que acoge la calle sin salida a la que llegó hace algún tiempo, cuando entendió que debía irse, con su acostumbrada parsimonia, de aquel contenido modo con que había permitido que el destino resolviera su existencia.
Dentro, en el dormitorio, una noche más, el jinete de la vigilia trota sin descanso por las eternas horas del insomnio. Como un centinela impertinente, le gusta rondar su duermevela con un silbo sin reposo, perturbador. Disfruta mientras le enciende fuego en los ojos y se disfraza de misterio detrás de las entornadas puertas. Juega a suspenderle figuras inquietantes de la oscuridad que se arremolina en el techo, y por la luz que atrapa la rendija de alguna ventana, le desliza, implacable, la melancolía, para que se le ponga a doler.
Se amontona la noche en la madrugada, que permanece quieta y oscura, como ella, y echa de menos un poco de aire que refresque su rostro de solitario otoño.
De su diminuta celda de anciana, esta pequeña terraza es su lugar predilecto. Mira hacia el cielo en el que sólo atina a contar algunas estrellas, porque ya, la vista, no le aproxima cuantas quisiera. Piensa que le gustaría que fuesen las mismas estrellas que viera desde pequeñita, cuando ansiaba crecer tanto que pudiera alcanzarlas con sus propias manos. Sus manos que fueron, después, lavanderas de acequia de aguas que transcurrían sin prisas, entre la bulla del festín de la inocencia que parece durar todavía en su corazón. Las mismas manos que no desesperaron cuando trabajaban, incansables, desde que amanecía hasta la hora más cerrada de la noche. Estas mismas manos de ahora que resaltan las venas por las que corrió la sangre que alimentara a sus hijos y a sus nietos, a los que arrulló y protegió, en el estadio último de la felicidad, hasta que huyeron, inevitablemente, de sus manos, como la vida.
Más allá, en el interior, las escasas dimensiones de la vivienda, apenas le permiten sentirse viva. Una habitación y una pequeña sala en la que, salpicada en portarretratos, acude la memoria a paliar esos olvidos, cada vez más largos, que le dejan una sonrisa ausente, como un beso en los labios. A veces enciende la televisión para dejar que pasen las horas en medio del rumor de palabras ajenas y desconocidas a las que no atiende. Hace tanto tiempo que se escuchó mencionada en alguna boca que hasta le cuesta recordar su nombre. Y como nadie la enseñó a leer, se entretiene recortando fotos de personas que le recuerdan a otras que pasaron por su vida, de los periódicos viejos que guardan para ella en la tienda donde compra sus escasas provisiones. Y en el bote de cristal de su ajuar de boda, duerme molido el aroma paciente del café que sólo ella toma, cuando amanece, en su silla, fuera, en su balcón colgante.
Y mientras espera a que la luz del alba ahuyente al centauro de los desvelos, mira hacia la puerta por si, en este día que apenas se insinúa, la nostalgia y la soledad de los olvidos, ancianas como ella, pasaran de largo por delante de su puerta.



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