martes 23 de marzo de 2010

Por el cauce de sus ojos




Durante muchísimo tiempo transcurrió mi vida sin quebrantos aparentes, plácida, en el sentido ese de los asuntos ciertos, de las sensaciones confiadas, con la convicción absoluta de que su mirada había nacido y moriría en mí.



Aparte de los primeros tiempos, pocas veces me detuve, después, a retocarme en sus pupilas, sencillamente porque creía que las palabras se pronunciaban para siempre, y que nada podría alterar la promesa que contenían cuando se dieron.



Un atardecer aciago de verano, me encontré, por descuido y casi sin querer, con sus ojos fijos en mí, aunque ausentes, distraídos de todo lo mío, desde la insalvable distancia de lo que fue.



Quise encontrarme en ellos y, con una inquietud desconocida y demoledora, los anduve de rincón a rincón, buscándome, pero sólo pude hallarme lejos, muy lejos de su mirada, discurriendo por el desconcierto de unas lágrimas inusuales, tal vez amargas o quizás aliviadas, pero rostro abajo, sin retorno, y fue, en ese instante, que sentí un dolor insensato, intenso, devastador, en ningún lugar concreto, y a la vez, en todo el cuerpo, especialmente en el estómago, hasta el punto que fingí inclinarme a recoger algo que se hubiera caído, para disimular al estupor, con una de esas sonrisas que se descuelgan de los labios y caen hasta el suelo, destrozándose.



Alongada sobre el pavimento ví deshacerse sus lágrimas por las grietas del asfalto y arrastrar con ellas mi última sonrisa.