En medio del mar
Una fuerza insuperable mantiene apretados sus párpados mientras le trota descompasado el corazón por las entrañas. El frío le atenaza los sentidos sacudiendo su cuerpo en un temblor irreversible.
Piel con piel, estrecha sus manos con otras manos, en el instintivo gesto de apaciguar al desamparo; en medio de la zozobra, separando apenas los labios, va musitando una canción con la que intenta alentar el descarnado ánimo de los que comparten su rumbo temerario, aunque acabe rompiéndose su melodía en un sonido inmenso, triste.
Como una serpiente de mar la barcaza se ondula gravemente, mientras que la enervada sal del océano sella todos los rostros en una máscara única de miedo. La madera, que cruje intensamente tras cada golpe de ola, solloza sin pudor, pretendiendo hamacarse, en vano, en el agua que no cesa de bramar. El cielo, como un charco de luz, se mueve a un lado y a otro, tratando de orientar su destino desatinado.
A babor y estribor, la estela oscura de la noche no cesa de rizarse sobre la espuma, mientras ella, con los ojos cerrados, se aferra a la proa del sueño imperioso que le abulta el vientre, procurando esquivar al recio viento de popa, que le zarandea la memoria, acercándola, implacable, al rellano lúgubre de la que fue su vida hasta hace unas horas escasas.
Por las junturas del pánico se le va colando el sol indesmayable que se retorció, para siempre, sobre su piel de infancia truncada, y la desvaída sonrisa de su madre, iniciándola, con amargura, a sobrellevar el desconsuelo de su sino.
Caminan descalzos y hambrientos los pies de la niña dulce que fue, sobre el paisaje árido de tu tierra caliente, cuando crecía entre sofocados asombros, sujetando el trote de los tormentos que le agitaron la inocencia, mientras soñaba un sueño que la rescatara de su realidad miserable.
Silba agudo el mar entre sus rizos, y sobre su cuerpo que, encajado entre los otros cuerpos, se adormece en un inevitable letargo que la arrastra hasta la orilla de sus quimeras, tratando de fundirse con la imagen de su niño de cristal y agua, moreno y libre.
Retumba brava la ola que estalla su fuerza contra la barca que, pintada de espuma y sostenida apenas entre las crestas del agua, acaba volcando, llevándose entre sus espirales de madera y silencios cuantas esperanzas alentó en el viaje incierto hacia la vida.
Acalla la noche los escasos gritos que el terror arranca de las gargantas por las que discurre la sal definitiva del último trayecto.
Reza ella, lo que rezaba con su madre, cuando pobre y niña era la plegaria el consuelo único para su mísera realidad.
Reza y chapotea, solloza y acaricia su vientre y, entre los nubarrones espesos de la noche de mar agitado, se deja ver la luna, que llora también.



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