martes, 15 de abril de 2014

“Nada, no pasa nada”


 A pesar de que recurre a todas sus artimañas no consigue la luz de este día saltar la verja de la tarde,  y resbala resignada por ella,   dejándose caer,  mientras languidece y se rinde ante la autoridad con que llega la noche,  que viene dispuesta a prestarse a todo:  a hacerse escondrijo para que se oculte en él a sus anchas lo que no deba ser visto,   a poner sombra en el lado menos bueno para que resalte el más bello,  o a servir de puente a los pasos que nos acercan a ese encuentro que se ha repetido,  incansable,  en los sueños que no se duermen,   en los de ojos enrojecidos  y abiertos por la nostalgia.
 
     Hoy,  hasta el frío está raro,  como si tuviera fiebre,  por unas veces quema y por otras hiela hasta hacer que tiemblen de desconcierto las manos primero y todo el cuerpo después. Ya le pareció diferente el toque de las campanas de esta tarde de misa de difuntos,  como si,  en vez de doblar,  cantaran.  Incluso inclinó la cabeza para ocultar un rubor inexplicable y súbito que le encendió el rostro cuando vio a su marido allá,  al otro lado,  en el lugar destinado para los hombres,  ...”aquí nada  cambia,  cada uno en su lugar,  sin atreverse a arrebatarle un instante de emoción a la vida  .....” – pensó,  y detuvo a tiempo la cólera que se unía a las demás sensaciones que hoy sacudían su habitual y contenida manera de estar- .
 
     Aunque no le ha visto aún,  sabe  que él anda cerca. Tantos años sin suspirarle abiertamente la han obligado casi a sentir lo que finge.  Y aunque aplasta a la madurez con espléndidos argumentos,  en el alma  se le tatuó para siempre aquel punzante dolor que,  en la ansiosa boca del adiós,  se mezcló con los desolados gemidos de la despedida.  Ignora que él no le ha ganado tiempo a  la vida  porque cree haberlo perdido no teniéndola cerca,  imaginándola desde otros lugares de los que se siente ajeno y a los que quiso irse confiando en que el olvido se iría con él,  pero el olvido le traicionó dejándole solo ante la cancela de la memoria,  que nunca se cierra,   por la que se ha ido colando el recuerdo y,  sobre todo,  el tormento.
 
  Encerrada en un pequeño hexágono que medita,  ausente y callado, bajo la bóveda que han creado espontáneamente los árboles para protegerlo de los balanceos de cualquier estación que se anuncie,  la plaza a la que se asoma la puerta de la ermita no tiene bancos;  sólo los muros que la cercan sirven de repentino asiento para la agonía de la espera,  o para darle un respiro al amor cuando retoza. 
 
Se apresura a abandonar la capilla nada más acabar el acto religioso,  y no entiende por qué le cuesta tanto a sus piernas descender los escasos escalones que la separan de la plaza.  Apura el paso y la cruza para evitar los saludos de siempre,  que empiezan a acumularse,  y  para sosegar a solas esa inquietud que,  desde hace unos días,   le subleva el estómago y le cetrina el rostro.  Instintivamente escoge el más apartado de los rincones y apoya un lado de su cuerpo  en el tronco de un árbol al que acaricia con una de sus manos;  huele la  tierra húmeda e intenta detener al pensamiento,  que corre atropellado ...... el mismo lugar,  otro tiempo, .... él. 
 
Desde el sitio en el que se encuentra observa,  absorta,  como se suceden los abrazos entre el gentío,  cada vez más numeroso,   que comienza a abandonar la ermita.  Es consciente de que tiene que repetir los mismos gestos que los demás,  pero  un sofocante anhelo la retiene.  ... “¡tengo que ir,  me echarán de menos!...” ,  y saca del bolso la barra de labios y el espejo;  retoca la pintura y trata de poner un poco de vida al demacrado aspecto que ofrece su cara.
 
De repente,  cuando va a empezar a caminar hacia el grupo de personas que se agolpa en el centro de la plaza,  surge desde su espalda esa voz,  la suya,  ese timbre peculiar que lleva grabado en sus oídos de manera perenne:  ...”¡al fin consigo verte!.....”.
 
Siente como si una tonelada de piedra le impidiera moverse.  Gira la cabeza y le ve.  Ni una sola palabra sale de sus labios,  tan sólo es capaz de observarle cuando recorre el breve espacio que les separa.  Se detiene ante ella y la mira,  directamente a los ojos:  ....”¡al fin consigo verte! ...” ,  repite,... “¿Cómo estás?"...
 
-        Bien,  ya ves,  .... aquí.    con un hilo de voz,  a punto de desmayarse,  recreándose en las líneas del anguloso rostro cuyo  trazo,  en los últimos años,  había dejado de concretarse- .
 
Te veo muy bien,  como si no hubiera pasado el tiempo, ... mejor aún si cabe,  debe ser que la vida te trajo la felicidad que tanto ansiabas ....   – esperando una respuesta que contradiga sus palabras - .
 
-        Estoy bien,  pero la vida me ha dado lo mismo que a todo el mundo: momentos de éxtasis y otros de dolor.  – responde con fuerza,  entonándose un poco,  intentando recuperar el control absolutamente perdido del vuelo de esa mariposa que aletea por todo su cuerpo -.
 
... Yo, .... yo no he podido olvidarte .... ,    - añade él mientras apoya  una de sus manos en el tronco del árbol y se le acerca -.
 
-        ... Pues yo .... yo te olvidé .... ,  - y baja la cabeza mientras se moja los labios resecos por la amarga mentira – .
 
¡No es verdad!, ... ¡no es verdad!, ... ¡ no puede olvidarse un sentimiento así,  como el nuestro!, ... – y le coge la barbilla para mirarla a los ojos - , ... ¡dime que no es verdad!, ... – y una congoja  larga se apodera de sus entrañas mientras se pierde en las pupilas de ella - .
 
-        ... Ya ves, .... ocurrió poco a poco, .... el tiempo,  la distancia y ... luego ... esta otra realidad, ... no podía seguir viviendo con una foto,  con una carta,  abrazando al teléfono  con el mismo anhelo que a ti.  ... ¡No podía más!,  ¿entiendes?,  no estaba siendo justa conmigo, ....
 
Pero ... ¡he vuelto!,  .... he regresado, .... ¡tienes que dejar que te explique! .... – y le retira el pelo del hombro con un gesto antiguo que ella reconoce perfectamente y ante el que no es capaz de moverse a pesar de que su corazón le grita para que se aparte -.
 
-        ... Sí,  has vuelto .... soñé tanto con tu regreso que,  desde que decidí no volver a hacerlo,  no recuerdo haber vuelto a soñar;  ...  sí,  has vuelto... pero,  como en las películas,  llegas a deshora,  cuando ya no puedo estar para recibirte....
 
¡Nunca es tarde para nada!, ... tienes que escucharme,... ¡por favor!, ... – y va bajando el tono de voz y haciéndole hueco a la desesperanza -.
 
-        ... Se hizo la noche para todo,...  tú tienes tus deberes y yo...  y yo los míos,  además,... nada puede ser igual,  los momentos nunca vuelven siendo los mismos  porque el tiempo se encarga de ir cambiando la intensidad de sus colores.
 
¡Tratas de convencerte mintiéndome!,   .... ¡por favor!,  necesito explicarte, .... dame una oportunidad .... ,  ¡por favor!, .... por este amor que los dos sentimos ...
 
-        .... ¡No!, ... ¡no!, .... ¡nunca más!, ... – y se zafa de su presencia,  y empieza a caminar,  mientras piensa que allí deja lo que más ha querido en esta vida ....
 
De pronto la cogen del brazo:  .... “¿Pero dónde te habías metido?, ... ¿Qué haces aquí?, ... ¡tienes mala cara!, ... ¿te sucede algo?, ... ,  no sé que te puede pasar pero llevas unos días ausente,  extraña,  .... tal vez sea este frío, ... o que no te cuidas lo suficiente, ... y encima hoy, aquí,  esta muerte que nos ha cogido a todos por sorpresa,  .... no,  no debiste haber venido.  ¡Anda!,  vamos para casa.
 
Su marido la coge por los hombros y se pierden los dos entre la gente.  Antes de salir de la plaza,   ella,   vuelve hacia atrás la cabeza,  mirando hacia el árbol aquél,  y no puede evitar que las lágrimas le impidan verlo con nitidez.   ... “¿Qué te pasa?”   -pregunta su marido - ,   ... “nada,  -responde-  nada,  este tiempo, que me pone triste...”.
 
 

lunes, 14 de abril de 2014

Entre eucaliptos

Le pareció bien que la estancia oliera a eucaliptos; quería acomodar en su memoria algo diferente, sustituir un recuerdo por otro: un dolorido amor por un aroma generoso, un sentimiento encarnizado por una encendida caricia porque, después de todo, resultaría diferente cuando, al cabo del tiempo, cualquier evocación le acercara  aquella tarde en la que se decidió, al fin, a ponerle cerrojos al portón de los amores infaustos y perdidos.
 
Le agradó especialmente que aquella tarde de su temeridad definitiva y feroz, en el jarrón, además de calas, hubiera eucaliptos que desparramasen aquel intenso olor por la estancia. Y  le gustó, también,  que los visillos de la ventana inmensa fueran tan finos que le permitieran quemarse, toda, con el crepúsculo que ardía fuera, más allá de todos sus reparos, en su primer encuentro íntimo con aquel hombre al que no amaba, y del que le cabía la certeza que nunca amaría.
 
Que nadie pretendiera sentirla entera; tendría sus caricias, su cuerpo, pero sus sentimientos permanecerían orientados hacia el único destino que se trazó sin poder evitarlo desde que se produjera, tanto tiempo atrás, su inesperado encuentro con el que sería para siempre el depositario exclusivo de su amor, el mecenas de su besos,  él, que también la había amado con locura devastadora e insistente, pero que eligió olvidarla cuando tuvo que decidir entre la conveniencia vil y la razón única y última de su alegría por la vida.
 
Y fue rotundo, consecuente, porque jamás quiso volver a verla. Se fue sin concederle una tregua a su dolor, desentendiéndose de sus reclamos, ignorándola para siempre. Y aunque ella, con infinita paciencia, le esperó siempre también, lo cierto fue que él nunca quiso volver a verla.
 
Empezó a desmoronarse el sol por su mirada triste de mujer vencida, y  sobre el jardín, por la ladera, por las esquinas de la habitación, por encima de la cómoda y de su espalda sudorosa y fornida de hombre enamorado.
 
Atardecía sobre el sillón en el que reposaba la ropa, pulcra y contenida, del hombre, como una prolongación de él mismo;  y pisaba la tarde, despacio, sobre la alfombra donde los tacones de sus zapatos de verano  dormitaban abandonados a su insólito y despiadado sino. Los últimos estertores del día que agonizaba se detenían a contemplarse en el cristal de la lámpara, allá arriba, en el techo, y de sus lágrimas colgantes, que parecían confundirse con las suyas, que le corrían imparables hacia las sienes, mojándole el pelo, y las entrañas.
 
Cuando se acabaron las caricias sólo quedó la ternura de aquel hombre que parecía feliz a su lado y el persistente olor a eucalipto, y la insolencia de aquel recuerdo más vivo que nunca, más cerca si pudiera ser de cuanto la rodeara.
 
Después se hizo la noche y tuvo que taparse la boca para no nombrarle, otra vez, después de tanto, después de todo, mientras se secaba, con rabia, el rastro que dejara el dolor sobre su rostro.
 
Y antes de abandonar el lugar aquel, se dio la vuelta en varias ocasiones, para enredar su cuerpo entre el intenso aroma de los eucaliptos, a la vez que se llevaba una mano hasta el corazón, para que no huyera, loco, como siempre, a delatar su agonía.
 
 
 
 
 

jueves, 3 de noviembre de 2011


En medio del mar


Una fuerza insuperable mantiene apretados sus párpados mientras le trota descompasado el corazón por las entrañas. El frío le atenaza los sentidos sacudiendo su cuerpo en un temblor irreversible.

Piel con piel, estrecha sus manos con otras manos, en el instintivo gesto de apaciguar al desamparo; en medio de la zozobra, separando apenas los labios, va musitando una canción con la que intenta alentar el descarnado ánimo de los que comparten su rumbo temerario, aunque acabe rompiéndose su melodía en un sonido inmenso, triste.

Como una serpiente de mar la barcaza se ondula gravemente, mientras que la enervada sal del océano sella todos los rostros en una máscara única de miedo. La madera, que cruje intensamente tras cada golpe de ola, solloza sin pudor, pretendiendo hamacarse, en vano, en el agua que no cesa de bramar. El cielo, como un charco de luz, se mueve a un lado y a otro, tratando de orientar su destino desatinado.

A babor y estribor, la estela oscura de la noche no cesa de rizarse sobre la espuma, mientras ella, con los ojos cerrados, se aferra a la proa del sueño imperioso que le abulta el vientre, procurando esquivar al recio viento de popa, que le zarandea la memoria, acercándola, implacable, al rellano lúgubre de la que fue su vida hasta hace unas horas escasas.

Por las junturas del pánico se le va colando el sol indesmayable que se retorció, para siempre, sobre su piel de infancia truncada, y la desvaída sonrisa de su madre, iniciándola, con amargura, a sobrellevar el desconsuelo de su sino.

Caminan descalzos y hambrientos los pies de la niña dulce que fue, sobre el paisaje árido de tu tierra caliente, cuando crecía entre sofocados asombros, sujetando el trote de los tormentos que le agitaron la inocencia, mientras soñaba un sueño que la rescatara de su realidad miserable.

Silba agudo el mar entre sus rizos, y sobre su cuerpo que, encajado entre los otros cuerpos, se adormece en un inevitable letargo que la arrastra hasta la orilla de sus quimeras, tratando de fundirse con la imagen de su niño de cristal y agua, moreno y libre.

Retumba brava la ola que estalla su fuerza contra la barca que, pintada de espuma y sostenida apenas entre las crestas del agua, acaba volcando, llevándose entre sus espirales de madera y silencios cuantas esperanzas alentó en el viaje incierto hacia la vida.

Acalla la noche los escasos gritos que el terror arranca de las gargantas por las que discurre la sal definitiva del último trayecto.

Reza ella, lo que rezaba con su madre, cuando pobre y niña era la plegaria el consuelo único para su mísera realidad.

Reza y chapotea, solloza y acaricia su vientre y, entre los nubarrones espesos de la noche de mar agitado, se deja ver la luna, que llora también.


martes, 23 de marzo de 2010

Por el cauce de sus ojos

Durante muchísimo tiempo transcurrió mi vida sin quebrantos aparentes, plácida, en el sentido ese de los asuntos ciertos, de las sensaciones confiadas, con la convicción absoluta de que su mirada había nacido y moriría en mí.

Aparte de los primeros tiempos, pocas veces me detuve, después, a retocarme en sus pupilas, sencillamente porque creía que las palabras se pronunciaban para siempre, y que nada podría alterar la promesa que contenían cuando se dieron.

Un atardecer aciago de verano, me encontré, por descuido y casi sin querer, con sus ojos fijos en mí, aunque ausentes, distraídos de todo lo mío, desde la insalvable distancia de lo que fue.

Quise encontrarme en ellos y, con una inquietud desconocida y demoledora, los anduve de rincón a rincón, buscándome, pero sólo pude hallarme lejos, muy lejos de su mirada, discurriendo por el desconcierto de unas lágrimas inusuales, tal vez amargas o quizás aliviadas, pero rostro abajo, sin retorno, y fue, en ese instante, que sentí un dolor insensato, intenso, devastador, en ningún lugar concreto, y a la vez, en todo el cuerpo, especialmente en el estómago, hasta el punto que fingí inclinarme a recoger algo que se hubiera caído, para disimular al estupor, con una de esas sonrisas que se descuelgan de los labios y caen hasta el suelo, destrozándose.

Alongada sobre el pavimento ví deshacerse sus lágrimas por las grietas del asfalto y arrastrar con ellas mi última sonrisa.
 

jueves, 18 de diciembre de 2008


Con la mano tendida

Los enigmas del azar decidieron aquel día alterarle la rutina de las conclusiones intrascendentes, la monotonía de las reflexiones vacuas.

Sobre todo la distrajeron de aquellas recientes angustias del atardecer que solían apabullarla dejándola transida y abandonada a la suerte de los brazos del sillón de las divagaciones estériles.

Su familia, preocupada por los escollos de su ánimo, había optado por respetar aquellas ausencias, cada vez más prolongadas, que se le recostaban en las pupilas, con la silenciada esperanza de no perderla para siempre, en el intento de aguardar pacientemente el retorno de la mujer que extravió el alma, en algún desconocido lugar del camino de su apacible y cómoda existencia.

Faltaban escasos días para la fiesta de Reyes y su figura elegante y rotunda parecía arrastrarse, una y otra vez, por las aceras desbordadas de escaparates, y de gente que apuraba el paso, en la carrera última hacia el regalo final. Realizaba compras con desgana, prestándole escasa atención a lo que iba adquiriendo, sin tomar demasiado en cuenta los gustos del destinatario del obsequio, abstraída en sus pálpitos, presurosa por alejarse cuanto antes de aquel tumulto que le acrecentaba aquella sensación inexplicable de soledad y abatimiento.

Cuando pasó a su lado, él, inocente, le tendió la mano infantil, pero ella, desconcertada y sorprendida, se desentendió de su frágil presencia. Anduvo unos pasos y el empuje de la inercia hizo que se detuviera unos segundos delante del escaparate de una tienda de juguetes, cuyos cristales le devolvían, resplandeciente de luces multicolores, la imagen de su rostro bello aunque amargo, la mirada tenue de sus ojos, que parecían soportar con gran esfuerzo el peso de los párpados.

De pronto, muy cerca, volvió a abrirse la mano menuda y solitaria del niño. Pudo verlo, también, a través del cristal del escaparate, a su lado, con la manita abierta hacia ella en la que se notaba un resabiado gesto de súplica, y con la cabeza vuelta hacia el escaparate, con su nariz de niño trasegado de la calle resoplando sobre la espléndida luna, cubriendo con su vaho de escarcha los deseados juguetes de sus sueños imposibles.

Y no pudo, esta vez, sustraerse a la cercanía de su piel de olvido y limosna. Le cogió la mano, lo acercó hacia ella y se inclinó sobre su rostro, dejándole un beso leve en la frente. El niño mostró en su cara la sorpresa de aquella insólita caricia. Y se sorprendieron los dos cuando fueron pasando algunos minutos y continuaban aún cogidos de la mano, bajo el atardecer navideño de prisas y de frío.

Y transcurrió un rato largo en el que ambos se quedaron delante del escaparate de la tienda de juguetes, mirándose el uno al otro, la mujer al niño, el niño a la mujer. Reconociéndose, tal vez, el uno en el otro, los tormentos de ella en la soledad de él, los desconsuelos de él en los vacíos de ella.

Después, de la mano todavía, se fueron calle abajo, unidos en el imperioso y súbito apremio de sentir la cercanía cálida de su piel y de sus corazones, como si fueran ambos dos trasnochados personajes de un cuento apresurado de Navidad.

De aquella manera

Contempla, absorto, el alisado paisaje de ahora mientras evoca aquel otro, oscilante, en el que se le ondulaban los días de un tiempo quieto y huérfano de acontecimientos, cuando, incapaz de encauzar hacia lugar alguno su suerte, guiaba autobuses que deshacían trayectos en un monótono ir y venir de horas contadas a minutos. Sólo a orillas de su sonrisa, por cuanto duró, se reconoce inesperadamente feliz. Y, aunque le arrebatara (demasiado pronto y sin contemplaciones) la alegría cotidiana de verla, sigue agradeciéndole al misterio de las casualidades que la hubiese apostado, como un regalo insólito, en aquella estación del recorrido de su existencia insulsa que, desde entonces, cambió para siempre.

El recuerdo acostumbra a devolverle su imagen contenida en el espejo retrovisor, como una foto enmarcada en cristal, y aquella manera suya de mover las manos con las que, inútilmente, trataba de aquietarse el pelo, cuando el aire, intrépido, se colaba por las rendijas del viejo autobús en el que la llevaba de una parada a otra, de un destino a otro, tan distinta y distante del suyo.

En algunas ocasiones, brevemente, llegaron a encontrarse sus miradas, pero el rubor le indujo a esquivarlas, porque prefirió pensar que eran fruto de un despiste del azar. Él parecía sonreír complacido detrás de su volante de conductor disciplinado, aunque, en realidad, se ahogaba en medio de la marejada que, desde rincones ignorados del alma, emergía con aquella inusitada fuerza que le envolvía entero en un temblor convulso.

De verdad que la amó. Desde la primera vez que pudo verla. Y para siempre. Porque así lo sintió, y porque así continúa sintiéndolo, de la manera aquella, con la misma intensidad, como la única y definitiva emoción que pudiera llegar a vivir, desde que la adolescencia trepara, febril, por su cuerpo, hasta ahora, que la ancianidad incipiente a la que se va alongando se atreve a reprocharle su falta de arrojo y esa aceptación sumisa del amargo deseo en el que dejó que se le diluyera la vida, desde la última vez que le perteneció la certeza de saberla próxima.

Porque fue de repente: una mañana ya no estaba en la parada de costumbre, y no volvió a estarlo nunca. Y él, aturdido y triste, tomó, tal vez, la decisión más osada de su vida: a partir de entonces no se detuvo jamás en esa parada. Fue como un grito sin palabras con el que pretendió reclamarle alguna explicación por aquella ausencia cruel. Como si pudiera verle pasar de largo, desentendiéndose de otros que esperaban, como lo hizo ella, hasta que desapareció.

Después abandonó su vida en medio de la rutina de viajes absurdos hacia ninguna parte, entre las líneas que orientaban aquel asfalto que cubrió de inventadas esperanzas, aquella carretera en la que, ni un sólo día, dejó de venerar aquel secreto amor al que se negó a renunciar.

Se cruzó de brazos ante el paso del tiempo, permitiéndole que se llevara todo, todo, menos el recuerdo de la manera aquella de aquietarse el pelo con las manos, y su distraída mirada cuando se cruzaba con la suya, obligada tal vez por el extraño manejo del enigma de las coincidencias, que se la dejó en la parada aquella, tanto tiempo atrás, y para siempre.

Entre desvelos



Sentada sobre la silla de hierro descamado, apoya una mano en el muro mientras que con la otra acaricia, distraídamente, la hoja de alguna de las plantas innumerables que sobreviven apretujadas en el pequeño balcón, que cuelga, atónito, de la planta doce de uno más de los edificios que acoge la calle sin salida a la que llegó hace algún tiempo, cuando entendió que debía irse, con su acostumbrada parsimonia, de aquel contenido modo con que había permitido que el destino resolviera su existencia.

Dentro, en el dormitorio, una noche más, el jinete de la vigilia trota sin descanso por las eternas horas del insomnio. Como un centinela impertinente, le gusta rondar su duermevela con un silbo sin reposo, perturbador. Disfruta mientras le enciende fuego en los ojos y se disfraza de misterio detrás de las entornadas puertas. Juega a suspenderle figuras inquietantes de la oscuridad que se arremolina en el techo, y por la luz que atrapa la rendija de alguna ventana, le desliza, implacable, la melancolía, para que se le ponga a doler.

Se amontona la noche en la madrugada, que permanece quieta y oscura, como ella, y echa de menos un poco de aire que refresque su rostro de solitario otoño.

De su diminuta celda de anciana, esta pequeña terraza es su lugar predilecto. Mira hacia el cielo en el que sólo atina a contar algunas estrellas, porque ya, la vista, no le aproxima cuantas quisiera. Piensa que le gustaría que fuesen las mismas estrellas que viera desde pequeñita, cuando ansiaba crecer tanto que pudiera alcanzarlas con sus propias manos. Sus manos que fueron, después, lavanderas de acequia de aguas que transcurrían sin prisas, entre la bulla del festín de la inocencia que parece durar todavía en su corazón. Las mismas manos que no desesperaron cuando trabajaban, incansables, desde que amanecía hasta la hora más cerrada de la noche. Estas mismas manos de ahora que resaltan las venas por las que corrió la sangre que alimentara a sus hijos y a sus nietos, a los que arrulló y protegió, en el estadio último de la felicidad, hasta que huyeron, inevitablemente, de sus manos, como la vida.

Más allá, en el interior, las escasas dimensiones de la vivienda, apenas le permiten sentirse viva. Una habitación y una pequeña sala en la que, salpicada en portarretratos, acude la memoria a paliar esos olvidos, cada vez más largos, que le dejan una sonrisa ausente, como un beso en los labios. A veces enciende la televisión para dejar que pasen las horas en medio del rumor de palabras ajenas y desconocidas a las que no atiende. Hace tanto tiempo que se escuchó mencionada en alguna boca que hasta le cuesta recordar su nombre. Y como nadie la enseñó a leer, se entretiene recortando fotos de personas que le recuerdan a otras que pasaron por su vida, de los periódicos viejos que guardan para ella en la tienda donde compra sus escasas provisiones. Y en el bote de cristal de su ajuar de boda, duerme molido el aroma paciente del café que sólo ella toma, cuando amanece, en su silla, fuera, en su balcón colgante.

Y mientras espera a que la luz del alba ahuyente al centauro de los desvelos, mira hacia la puerta por si, en este día que apenas se insinúa, la nostalgia y la soledad de los olvidos, ancianas como ella, pasaran de largo por delante de su puerta.






sábado, 25 de octubre de 2008


Al alba

Velaba la llegada del alba con el perfil recortado sobre los muros del patio en el que comenzaban a desperezarse las plantas. Era un rato cotidiano de eternidad del que sólo esperaba que la escarcha del amanecer fuera compasiva con ella y le refrescara las heridas del cuerpo porque, para las del alma, tenía la certeza lapídea de que no habría remedio.

Corrían los años cincuenta y a ella aún le quedaban algunos para alcanzar los cuarenta. Eran tiempos oscuros, consentidores mudos de la evidencia de su cuerpo descarnado y contuso, y, cansada de buscarle razones a la crueldad, desfallecida ante su propia e insólita manera de aceptar con aquella mortificada resignación la crueldad de su sino de mujer, prefería creer que el desvarío había querido confabularse con los entresijos tenebrosos de la maldad para segar, definitivamente, su capacidad de asombro ante aquel continuado quebranto de su dignidad.

Se levantaba de madrugada porque el sueño se empeñaba en huir demasiado pronto de su lado, abandonando su carne dolida a la noche, en la que pasaba muchas horas amontonando desvelos, tratando de enhebrar en ellos los desperdigados sueños de antaño, tejiendo quimeras para escapar de la verdad de su fútil y terrible existencia.

Salía con sigilo por la puerta trasera de la casa que daba al huerto y se sentaba en el único banco de piedra que había, junto a la pared, azocada bajo el abrigo del silencio. De su delantal de cuadros desvaídos sacaba la bolsa en la que guardaba el tabaco negro, y lo iba liando en el papel que envolvía con destreza, hasta que sellaba, con su saliva de amargura, el cigarro que encendía con la llama de la lamparilla que, por noviembre, prendía para sus muertos. Fumaba adrede, casi con rabia, porque en ese hábito, encontró la particular y exclusiva manera de rebelarse contra su rutinaria asignación de golpes iracundos. Inhalaba intensamente el humo, como si con él llegara hasta su corazón la vida misma, pero de otra manera, como aquélla que inventara, en la adolescencia, para el futuro por venir. Y lo exhalaba, después, con fuerza, como si con él salieran afuera, también, cuantas inenarrables vejaciones de mujer acallada y sometida se acumulaban en sus entrañas. Consumía hasta el final el cigarrillo y lo apagaba sobre las baldosas que barría después con la escoba de palma, que arrastraba entre sus vaivenes la ceniza y las hojas muertas que caían de los árboles frutales, de la misma manera con que se le había ido desatando a ella el nudo que la vinculara a la vida, sin lamentos inútiles ni aspavientos, con la misma parsimonia inexplicable con que aceptaba el sufrimiento.

Algo más tarde, mientras comenzaba a estirarse el alba sobre su espalda, escuchó su nombre, pronunciado sin el anhelo del amor, envuelto en el presagio sombrío de la voz de su verdugo. Miró por última vez las plantas y se despidió de ellas con un gesto de su mano. Después, serena, entró en la casa, y cerró tras ella la puerta, tal vez, para siempre.



Entre las cañas

El patio de la casa de la abuela era largo, como el tiempo de su viudez, y a él daban las pocas habitaciones que mantenían abiertas, en un gesto de invitación constante, sus puertas macizas. Allí, desde que comenzaba la primavera y hasta que concluía el otoño, preparaba la abuela la merienda infantil de leche con gofio y dulce de guayaba, sobre el viejo mantel de hule. Y, mientras comían, palabra sobre palabra, con su natural y magnífica inventiva, les relataba pequeño sucesos cotidianos que hermoseaba hasta convertirlos en mágicas sonrisas en las caras de los niños. Y, después, desaparecía con sigilo.

La veían caminar un buen trecho sin más compañía que la soledad hacia un plantío de cañas de azúcar. Su figura remota se diluía entre los tallos altos en los que se enredaba alguna flor y, aunque los niños llegaron a seguirla en alguna ocasión, nunca se atrevieron a interrumpir aquel silencioso paseo, intuyendo que en él guardaba un secreto que alguna vez les desvelaría.

Y así fue, pero tuvieron que pasar algunos años para que revelara el misterio de sus paseos a deshora. Cuando sintió que podrían entenderla, les confesó que allí, entre las cañas, dejaba un “rezo” cada tarde, para el hombre que amó.

Les contó cómo, inesperadamente, una madrugada, en plena guerra civil, se difuminó su figura juvenil ladera arriba. Alguien había venido momentos antes a su casa para advertirle de que vendrían a buscarlo para detenerlo. El único delito que le reconocía era haber logrado que se sintiera amada, absolutamente; de lo demás nunca quiso entender porque ninguna razón justificó jamás su ausencia.

Le prometió que volvería pero se esfumó y, con él, también aquella promesa ingenua. Era cándido y soñador, y le enseñó a amar la libertad y el sentido de la dignidad. Las horas y los días que siguieron a su partida los recordaba como un auténtico martirio, al borde del desvarío, y perdió para siempre el espesor del sueño tranquilo. Vivió desde entonces con el oído puesto en la puerta trasera de la casa, por si volvía, y aunque nunca se cansó de esperarle, para su desgracia, no volvió. Se le quebró la garganta proclamando su desaparición, pero alguien le sugirió que, por el bien de sus hijos, guardara silencio. Tuvo miedo y calló. Aquella noche fatídica lo fue, también, para otras personas que, como él, desaparecieron; y el transcurrir del tiempo le acercó el rumor de que, al amanecer, habían caído sobre algunos cuerpos los últimos restos de tierra, allá, entre las cañas, en algún impreciso lugar.

Ella, mi abuela, que ya no está, dejaba un rezo entre las cañas. Yo, la niña que fui, de vez en cuando vuelvo, para dejar un rezo, también, por los dos, y para que, entre el dulce sabor de las cañas, queden eternamente grabados aquel gran amor, y la verdad.





Entre golpes


Tardó en clarear el día en la sala aquella por la que anduvo arrastrándose sin tregua la noche, atosigándome hasta las orillas mismas del amanecer.

Alguien -cuyo rostro no consigo recordar-, salpicándome con un llanto encharcado, dejó sobre mis hombros un poco de abrigo que apenas logró poner distancia entre mi cuerpo y la humedad que rezumaban aquellas paredes, opacas, como el calvario que padecí a su lado.

... y mis geranios que estarían soportando ese frío que los volvía tan vulnerables...

Apretada en una esquina del banco de madera que recorría de lado a lado aquel tétrico lugar, sobrellevé cómo pude el vaho cómplice de cuántos se acercaron a arrojarse sin pudor sobre mi cuello resentido de antiguos y certeros golpes, llegando a despeinarme con los énfasis de sus abrazos de plañidera de última categoría. Mientras, bajo los apresurados pasos de quienes corrían a condolerse conmigo - en un gesto inconveniente y tardío-, las losetas del suelo de aquella sala, magulladas por el trajín de pisadas sombrías, me recordaron otras baldosas, las del piso de mi casa, sobre las que murió mi dignidad, aplastada a golpes.

... y mis geranios, que con su llamativo colorido andarían escandalizando la seriedad del otoño que agonizaba ...

La cruz repujada que presidió aquel insólito escenario para representar al adiós en una única y pomposa función, garantizaba al amortajado –inerme al fin- la exculpación divina para su crueldad, a la vez que procuraba alivio y licencia eterna a los consentidores mudos que evitaron siempre tender una mano a mi abandono, a mi soledad terrible junto al malvado. Y por encima del humo turbio que desprendían las llamas de las velas me parecía ver su rostro de siniestra mirada, con una mueca de complacencia cruzándole aquella boca que no fue concebida para la sonrisa, ni para el amor.

... tendré que ir recortando los tallos de los geranios, para que no crezcan desgarbados ...

Temiendo encontrarse con él se escondió el sol detrás de un montón de nubes y el aire mañanero me echó un bostezo gélido a la cara, como para que no cerrara mis ojos ante su tumba, para que me convenciera de que, después de sellar su lápida, tal vez acabara mi sufrimiento. Ignoraba la brisa que nuca pueden borrarse las huellas que deja el terror porque volveré a sentir esta noche su fantasmal aliento en mi mejilla, y sus manos tenebrosas maltratando mi cuerpo, y su cadavérica presencia mortificando los pocos sueños que me quedan.

... y los geranios, mi exclusiva compañía, que aguardan pacientes mis regresos para regalarme su flor espontánea de diciembre ...




¡Para los salvajes!

Cuelga el atrapasueños, atónito, del tensor que lo suspende del techo en el que se refleja su estructura etérea. El aire que no detienen las cortinas le empuja hacia un monótono balanceo que va.... y viene... , va... y viene... . Dos largas plumas que colean del mágico círculo rozan las pestañas de los ojos abiertos de cuyos contornos se escapan, en una truncada huida, las pupilas que deberían estar cubiertas por el sueño.

La infancia cruza el umbral que la separa del estupor y sostiene el cuerpo de la niña para que no desfallezca ante el miedo. La inquieta sombra de las plumas se estremece en su mirada, el corazón, con una reciente fuerza, le golpea sin descanso el pecho, y le perforan los oídos los pasos que se acercan, seguros, con un sonido cierto, y con ellos el preciso corte con que una navaja de espanto ha abierto una herida innombrable.

La noche, -que suspira de tristeza porque se siente responsable de esconder entre sus sombras la aberración del salvaje-, con su oscuridad magnífica, ayuda a encender el imaginario cielo que su madre le ha ido componiendo, allá arriba en el techo, para que brillen a gusto las estrellas de papel y haga pompas de jabón la luna de cartón dorado; su madre que, sin saberlo, ignorando sus funestas certezas, ha ido creando un firmamento particular para que le arranque una sonrisa al sufrimiento cuando la haga llorar, o quizá para dejarle una gota de consuelo con que acallar al dolor cuando se vuelva insoportable.

Probando a sosegarle el aliento, desde el pijama blanco, y cómo si consiguieran zafarse de la plumilla que alguna vez los dibujó, ciento y un dálmatas acarician la piel de la niña con la algarabía de sus juegos.

Sobre la mesa de estudio, la bailarina que ensaya su eterna danza con un pie enredado en una zapatilla de raso, la saluda con reverencias. Y, de la cubierta de su cuento preferido, saltan Blancanieves y Los Siete Enanitos que cruzan la habitación para hacerle reír mientras se cogen de la mano y rodean de breve alegría su cama. En el suelo, en una esquina, aplaude a rabiar, mientras la observa intensamente con sus inquisidores ojos, el zapo descomunal que le regalaron en su último cumpleaños, y dos osos de peluche se tronchan de risa desde el lugar más alto de una estantería.

En la pared de enfrente, reposan su silueta las ramas del sauce del jardín que quisiera entrar para cubrirle de hojas la cama y apaciguar ese miedo que la inmoviliza. Los astros prendidos del techo pasean sus reflejos por el pelo que se abraza a la almohada, y sobre su estómago, fuertemente cruzadas, las manos, inocentes y pequeñas, como ella, dudan entre la imposible decisión de aferrarse a su mochila y huir para siempre,... o quedarse, también para siempre.

...¡Ojalá no venga!, ...¡ojalá no venga!, .... – suplica sin voz,... y nadie responde a sus ruegos -, ¡ojalá que se duerma!..... – y recuerda que “cuando viene” y le pide que “sea buena” y que comparta ese “gran secreto” con él, al día siguiente, las náuseas le impiden jugar con sus amigas, estudiar, incluso comer, y todos le reprochan su comportamiento, y no puede contar nada a nadie porque se desvelaría “el secreto” y, sobre todo, porque “él” se enfadaría,.... y ella no soporta esos enfados suyos que la privan de su cariño-.

Hace tiempo que la noche cruzó el puente de la madrugada y, una vez más, se aproxima el horror de sus pasos sigilosos pero contundentes, y esos susurros desde la puerta, siempre los mismos.... “buenas noches mi niña, vengo a darte el último beso antes de que te duermas ...”, ... “¿me oyes ó estás dormida ya?, ..... no, yo creo que te estás haciendo la dormida para no darme el beso de despedida, .... ¿no es así?....”. Y, tras cerrarse la puerta, la fiesta infantil acaba; todo se aquieta en la habitación cuando las sibilinas manos del salvaje se pierden, en medio de un asqueroso jadeo, por el trémulo cuerpo de su hija.

La niña, escondida tras un silencio de muerte, se ausenta de la vida mientras observa cómo se borra la sonrisa perenne de la cara del payaso que suele dormir a su lado para vigilar sus sueños.

Y arriba, el atrapasueños, desde su frágil y elaborado círculo la mira sin decir nada, sólo va y viene.... , va y viene...., y con él, se va también su mirada..... y viene.


Sobre la acera

Como de vidrio, o quizá de acero y, tal vez, inútiles, pero ciertas y mudas, corrían rostro abajo aquellas lágrimas que arrastraban en su cauce un dolor que se volvió pena en mis sentidos cuando quiso la casualidad que anduviera cerca de ella, en los comienzos de una mañana que con aparente indolencia simulaba dejarse pintar los perfiles con tinta de cotidiana rutina.

Sobre la acera por la que se accede a varios edificios la vi, sentada sobre el escalón de la tienda de electrodomésticos. Con el cuerpo echado sobre sus rodillas juntas se pasaba una mano repetidamente por el rostro tratando de secarse un obstinado llanto que le mojaba la cara y, sin duda alguna, el alma.

Vestía un chandal de impreciso gris, como el día mismo, y en el pelo, que le rozaba los hombros, resaltaba la severidad de unas canas insistentes. Unas descoloridas lonas encharcaban de amanecer helado sus pies y una abultada bolsa de plástico guardaría sábe Dios qué.

Arrinconaba su cuerpecito en una esquina del cristal de la única puerta del establecimiento, que se entornaba a ratos para resistirse al viento y al frío de desgarro que marcaba su paso por la calle del alba, por las azoteas recién levantadas, sobre los coches empañados de relente tardío, sobre quiénes nos atrevíamos a ir o a venir y, por encima de todo, sobre ella y su solitario desconsuelo.

Esta impertinencia mía de observarlo todo, me obligó a no ignorarla, y, sobre todo, la certeza de aquel desconocido sufrimiento que se le escapaba incasable, a borbotones, anónimo y casi impúdico. Resultaba imposible no verla, a ella y su llanto incontenible y, aún así, hice lo mismo que los demás: .......mirar hacia otro lado.

El tiempo fue transcurriendo, no sé cuanto, porque éste no puede contarse a días cuando se acercan los recuerdos convertidos en una imagen única que lo llena todo por sorpresa, pero creo que pasaron algunos meses desde la primera vez que vi a esa mujer hasta la última, sobre la acera todavía, por un inescrutable capricho del destino.

Y fue una mañana también, cuando, inesperadamente, me envolvió la fuerza del remolino que formaba la gente en la acera en la que, un cuerpo tendido, agonizaba. A su lado una bolsa de plástico, unas lonas manchurreadas, y una mata de pelo que yacía inerte, como ella y, sobre su ancestral rostro de llanto, se había recostado el macilento color con que se viste la esperanza, cuando se ausenta para siempre.

Yo la vi, una mañana; continué viéndola otras mañanas y, por última vez, volví a verla ....... y, aunque quise detenerme seguí mi camino, como tantas mañanas, como los demás, aparentemente impasible y casi altiva, escondiendo, avergonzada, cuanto pude la zozobra que trataba de paralizar mis sentidos.

No supe nada de ella. Ni lo sabré.

Ni hice nada por ella. Absolutamente nada.

Pobre de mí.


Cuando me fuí

Se rayaba el crepúsculo sobre las líneas plateadas de la montura de tus gafas, y, sobre la mesa descalzada, el tambaleo de las tazas agitaba levemente nuestro último café de enero, y mi corazón.

Cerca de donde estábamos, en la cafetería del aeropuerto, junto a la inmensa cristalera que daba al exterior, bullía el ajetreo incesante de gente que iba y venía de cualquier parte. Yo, en medio de aquella algarada, alentando vanamente a la alegría, elegí creer que, si me habías citado en aquel lugar y a aquella hora, algo sublime y nuevo tendrías que decirme, aunque debo confesar, por no mentir a la inteligencia, que reservaba en mi bolso de reyes un montón de referentes obvios para que, - de vez en cuando, al sacar la barra de labios para retocarme-, me advirtieran de otros legendarios encuentros contigo que se anunciaron majestuosos y que, para mi desencanto, languidecieron en la inanidad.

Recuerdo que te notaba nervioso, especialmente molesto con aquella angustia que te hacía jadear y a la que, tu extraordinaria capacidad para ejercer el disimulo, no lograba encontrarle reposo. Andabas preso de ti mismo, como siempre, sin dejar que fluyera, al menos, tu excelente oratoria de otras ocasiones en las que, por cierto, tampoco trascendimos los límites del almagre de esas encrucijadas que nos atan a la fatalidad de tus pavores.

Me parece verte todavía, apurado, cada vez que intentabas hablarme, tratando de inventar palabras asépticas y precisas que excluyeran de su contenido cualquier ambigüedad susceptible de ser interpretada por mí como algún indicio que pudiera comprometerte. Además, aquella tarde, los astros, sin duda alguna, se confabularon contra ti, porque, para ponértelo más difícil, en cuanto iniciabas el discurso, te interrumpía el sonido del teléfono móvil que guardabas en el bolsillo de la cazadora de piel de ante, marrón, como tus pensamientos, y, momentáneamente, quedaba zanjada tu soflama, para acrecentarte el desconcierto, y para horadar mi esperanza candorosa de comienzo de año, y, ni te diste cuenta de que, por cada llamada que atendías con premura, se me atragantaba, sin poder evitarlo, un absurdo sollozo. Hablabas por teléfono con tus pupilas claras fijas en las mías, y todavía me descorazona la sensación de que no me pensaras mirándome. Yo, aguantada y cumplida, sonreía, de esa agradecida manera que la vida me ha ido enseñando ante las circunstancias enojosas, y que a ti tanta turbación y sobresalto suelen producirte, como otras expresiones mías que nunca llegarías a entender.

Ahora que lo pienso, hasta estabas un poco despeinado aquel atardecer, algo impropio de ti, aunque, eso sí, olías, como siempre, a distinguida pulcritud. Tu atuendo informal rejuvenecía esa sonrisa de hombre honorable que usas para restaurarte el semblante y que tanto me disgusta, y como la impaciencia empezaba a acalorarme, me quité la pañoleta celeste, dejándola, aposta, sobre tu maletín de asuntos magnos, que descansaba en la silla de al lado, como para robarle importancia, para que vieras que me traían sin cuidado los temas de tan excelsa trascendencia que portaba, para tratar de fastidiarte, en definitiva.

Y a pesar de asistirme tantas evidencias, todavía me pregunto cómo es posible que mantuviera, ese funesto anochecer, toda mi ilusión vertida en aquella mesa del aeropuerto, chorreando, escurriéndose por las escaleras automáticas, anegando los pasillos, desparramándose por debajo de las puertas, mojando las pistas de despegue y aterrizaje de los aviones, ante el asombro de todos los que se encontraban, por algún misterioso designio, en aquel lugar, compartiendo, sin saberlo, nuestro anunciado desencuentro, aunque no por ello menos doliente, porque, días antes, tal y como me contaste, abrumado, te habían traicionado demasiados sentimientos al mismo tiempo: el insulto a los deseos postergados y el tedio de las formalidades, el anodino tálamo en el que agonizan tus emociones y la necesidad irrefutable de sentirte vivo, esas decisiones que aplazas por el mismo temor que todos padecemos y, sobre todo, -dijiste-, la contienda antigua que mantienes contigo por ese amor que sientes por mi. Reconozco que llegaste a sorprenderme cuando te acercaste de nuevo, pronunciándote con una decisión que parecía incólume, determinante.

Después, tan sólo unos días más tarde, tanta alharaca, una vez más, quedó en nada, porque, desde que pude verte, te intuí diferente, firme, como sólo sabes serlo para desdecirte, iniciando, en nombre de la sensatez, una más de tus rotundas retiradas, con esa templada declaración de razones con la que resuelves casi todo lo tuyo, aparentando esa compostura en la que te vas consumiendo, insulso y amilanado.

Podría haber sido una más de tus huidas y, sin embargo, mira tú por donde, conseguiste que fuera la última, porque, allí sentada, enfrente de ti, llegué a sentirme concluida, como uno más de los temas que despachaste por teléfono aquel anochecer en el que quiso hacerse un hueco la claridad dentro de mí, para disiparte de mis errados amores con un golpe de arrojo oportuno y redimidor.

Y menos mal que supe irme, lo antes posible, sin un rezongo, sin saber qué querías al fin decirme, y sin concederte ni una tregua más del tiempo de mi vida, y para otorgarle, además, aunque fuera por una sola vez, una pizca de ufanía a mi magullada dignidad.

Recogí apresuradamente mi pañoleta y mi bolso, y me fui, y hasta te hice correr para alcanzarme. Tendrías que haberte visto como te recuerdo ahora, atolondrado e incrédulo, con tu ilustre maleta en una mano y la otra en mi brazo, desesperada, tratando de sujetarme para que no me fuera.

Pero me fui.

Y te dejé allá, afuera, al otro lado de la ventanilla del taxi, con tu maletín de egregios deberes tendido en la acera, junto a mi antiguo dolor, y las manos en el cristal, sollozando mi adiós y tus indecisiones, lamentando mi resolución y tu poquedad.

Me fui, con la convicción de no volver a verte.

Me fui sí, y de verdad, que aunque parezca mentira, no he vuelto a recordarte hasta hoy.

Un no sé qué


Sudaba calima esta primavera que agoniza ante el umbral mismo de una estación nueva que, - como todo lo nuevo-, apoya con fuerza los talones para que suene rotunda la nota de su brío, y sudaba bochorno la sombrilla que no refrescaba ni el maltratado mármol de la mesa de aquella terraza, abierta y libre, en el exterior, aunque sin aire.

Sudaba el camarero que, con la luz del mediodía apretada entre los ojos, nos interrogó sin soltarse de la barandilla de una sonrisa amable para no acabar fundido con el hierro de los posabrazos de las sillas en las que nuestra piel se rozó, apenas.

Sudaban pereza los pies cotidianos de cuantos pasaron demasiado cerca para buscar el saludo habitual en aquellos, nuestros rostros, -que eran los mismos y a la vez otros- , con ese interés morboso con que ciertos e inocultables indicios incitan a escudriñar el alma ajena, sin que le concediéramos la oportunidad de otras veces, sencillamente porque sólo estábamos el uno para el otro, y nada y nadie más.

Poco antes, cuando llegaste, de mi piel de diario, la magia de tu emblemática risa evaporó el sudor que hasta ese momento la recorría. Fue todo tan rápido, me acercaste tan de improviso esa presencia tuya que el mismo no se qué de otras veces, una vez más, a punto estuvo de darle forma de silencio a mis labios, de dejar enjaulado este amor en desuso con el que dejo que me atrapes.

Pero, de camino hacia la terraza, a tu lado, sin más universo ni horizonte que el desenfado de tu alegría y el derroche de tus palabras relatándome aconteceres banales, pude asirme al valor para ir encontrando, a través de algún velado reproche o de alguna respuesta sin matices, el prólogo para pronunciar, al fin, la palabra que no quería, esa mentira que he evitado decir, de verdad, con todas mis fuerzas. Tenía que hacerlo, lo sabías.

Irrazonables los dos, como siempre, con la emoción tratando de esconderse en la desmesura de mis gesticulantes manos y debajo del temblor que azotaba sin piedad las esquinas de tu boca, paladeando ese sabor a instantáneo y a efímero, tan intenso como nuestro, pedimos un extemporáneo café que se agitó en mi mirada, mientras que en la tuya hirvió un té a deshora en el que, lentamente, dejaste caer esa tristeza tuya que sólo yo conozco.

Adiós, te dije. No aceptaste mi despedida, pero me fui.

Tú, con la cabeza inclinada sobre el té, lloraste.

Yo, mientras te daba la espalda y me alejaba de ti, tal vez para siempre, volví a sentir ese no se qué, el mismo que siento ahora y para el que no encuentro letra alguna que pueda describirlo.

Por el Camino

Por el camino

Le parecía una pesadilla aquel horizonte de asfalto, como si fuera a derretirse en cualquier momento y a engullir entre sus brechas candentes cuanto se atreviese a cruzarlo. El calor, a aquella hora, arrastraba su cola de fuego impune, sudando gotas de enojo sobre su piel.
A través de los cristales se ondulaba el paisaje, que corría loco por las orillas de la carretera, y ella, agobiada por el asedio del sofoco, se sentía incapaz de evitar al pensamiento que la arrastraba hacia el torbellino de los recuerdos.

Él, inmerso en un silencio atávico, no giraba ni una sola vez la cabeza mientras conducía con los ojos fijos en un impreciso punto del pavimento. Notaba que de vez en cuando lo miraba de reojo, sin saber que, tras sus huidizas pupilas ocultaba el reproche hacia aquella severidad extrema que mantuviera durante el tiempo que duraba su convivencia, y la extraña habilidad con que lograba que se ahogara su corazón en un océano de desconciertos. La verdad es que nunca le perteneció el arte de la palabra que, si acaso, surgió atropellada entre los incoherentes efluvios de unas copas de más después de alguna celebración. Y, salvo aquellos apasionados encuentros de los comienzos de su vida en pareja, tampoco se desvivió por inventar caricias con que retener al amor, que fue escurriéndose por las rendijas del tiempo. Y, para ser justa, debía de reconocer que poco hizo ella para apartar de sus vidas a la desidia y al tedio.

Llevaba demasiado tiempo pensando en cómo había podido sobrevivir asomada a ese balcón de su vida desde el que sólo se divisaba la calle del silencio, y del que se fueron colgando preguntas que clamaban respuestas. Llegó a confiar en que, tal vez, al dejarle caer en medio del postre su intención de poner unos días de distancia en su relación, algún estremecimiento alterase su impertérrito semblante, que algún resquicio de inquietud delatara su parecer, o que, al menos, algo de simulada sorpresa sustituyera en su rostro a esa expresión de perenne quietud, pero, una vez más, tuvo que recriminar a la esperanza, por ilusoria.

La invadió una congoja extraña cuando comenzó a adivinarse el final del trayecto: ... “al fin y al cabo no es mala persona..., y después de todo no recuerdo graves culpas de las que responsabilizarlo..., quizá me he apresurado y debería volver con él, a nuestra casa, cómo hasta ahora, y aceptar esta vida que no es otra que la que elegí...., pensaba, ...”pero, ¿y esta tristeza?, ¿qué hago con esta tristeza?...

Sintió que sus manos apretaron un instante las suyas cuando, sobre la acera, se dieron el beso fugaz del adiós; y corrió hacia la puerta que la esperaba, temiendo que la pena, tramposa, la retuviera para siempre.

Él, incapaz de desandar el camino de vuelta, sin ella, aceleró cuanto pudo en el punto preciso y definitivo.